Me sentí diferente desde un principio, ella no era como nadie que hubiera conocido antes. Ella era simplemente mi mujer ideal, la misma que había estado esperando por años.

Me gustaba demasiado físicamente, esos labios, esa sonrisa y esas cejas me dejaban pasmado por instantes, no me cansaría de verla y mucho menos de besarla,  pero para ser honesto, me encantaba más como era ella por dentro.

Tenía muchas cosas que deberían tener todas las mujeres, entre otras cosas; un carácter que demostraba la fuerza e independencia de una verdadera mujer, pero la ternura y alegría de una niña. Lograr esa combinación tan perfecta suele pasar muy pocas veces en la vida.

Me enamoré como fuego artificial al prender la mecha, y aunque prometía centrarme, esta vez  fue inevitable.  Platicábamos por horas y aunque no estaba todavía demasiado claro, en el fondo sabría que sería mía. De ser mi mejor amiga, pasó a ser mi novia. ¡Qué suerte para mí y que envidia para todos!

Porque en verdad si supieran las personas a nuestro alrededor  lo que yo sentía, seguramente ellos se morirían de envidia y de la mala… Y harían lo que fuera por… digamos que, evitar que nos enamoráramos aún más. Pero es que ella era increíble y eso también era imposible.  Más que clavarme con ella, puse los pies en la tierra pero nunca paré de soñar.

Cada vez que salíamos juntos, esas horas, minutos o segundos, todo el mundo se quedaba estancado mientras ella y yo avanzábamos juntos. Con diferencias  como todas las parejas, pero juntos hasta el  final. Las cosas pasaron demasiado rápido y en muy poco tiempo ya lo era todo para mí: mi novia, mi mejor amiga, mi amante, mi plan de vida hasta el final. Esto no era un amor de  chamacos mocosos y pubertos, ya había cierta madurez y sabíamos cual era nuestro camino y lo que queríamos en la vida. Ella cumplía con lo que yo más quería y parecía que ella también lo sentía por mí.

Escucharla por teléfono cada día era más que suficiente, y los fines de semana era sentir esa emoción inocente y el nerviosismo de verla  tal como la primera vez, que todo saldría bien a fin de cuentas. Fue de las mejores épocas, puesto que lo tenía todo; el trabajo que quería, una vida con mi familia estable, los viajes que nunca había realizado, ir superando las pruebas más difíciles hasta entonces, las cosas que siempre había querido, amigos y por si fuera poco, una novia hermosísima que veía en la misma dirección que yo.

Pasaban las semanas y los meses  y todo parecía mejor aún con los problemas. Si, mejor todavía, por que aprendí a conocerme más a mí mismo, a conocerla a ella aún más y enamorarme más, aún con sus defectos. Y  tal vez ni yo mismo me enteré del todo lo bien que me sentía en ese tiempo.

Pero Dios comprobó que ya había aprendido lo suficiente con ella y decidió que era mejor terminar de una vez por todas con nuestra relación. Porque ni todo el dinero, todas las cosas lindas, los buenos momentos  y las palabras dichas, todas las personas que te ayudan,  todo el amor y el cariño, pueden hacer que Dios; alguien tan omnipotente (y uno tan insignificante), cambie el futuro destinado  para nosotros.

Eso ya lo tengo demasiado claro y ahora estoy feliz de que sea así, la vida es demasiado fácil para estar preocupándonos por intentar que salgan bien las cosas. El hará todo por nosotros, solo necesitamos ponernos en sus manos, tener paciencia y mucha fe.  

¡Gracias por todo!

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